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lunes, 16 de febrero de 2015

CRONICAS LIBRESCAS: “EL COLOR DE LAS HAYAS” DE EPIGMENIO RODRÍGUEZ ( TARANILLA-VALLE DEL TUEJAR) Artículo publicado en la Revista de Riaño Nº 47 Siro Sanz Garcia





Cuando caminamos por los Montes de Riaño investigando algún castro, calzada, o las tachuelas perdidas de una cáliga romana el ilustre Jesuita P. E. Martino,  me pregunta de vez en cuando acerca de mis lecturas. Si  comento que leo una novela siempre me responde lo mismo: -“ Siro, novelas, no verlas” y añade recomendaciones a lecturas más edificantes o provechosas en lo profesional. En esto yo no le hago mucho caso, caigo una y otra vez en el inveterado vicio de leer novelas, la última la de nuestro paisano Epigmenio Rodríguez de Taranilla.
Epigmenio es persona viajada y de mucho mérito.  Ha dedicado la mayor parte de su vida a la enseñanza, desarrollando alguno de sus cargos en el extranjero. Cuando contactó conmigo para presentar su novela en Cistierna, argumenté que había escogido a la persona menos adecuada, alejado como estoy del centro cultural provincial y no digo de los más distantes: Valladolid o Madrid; mi opinión por lo tanto no puede ser otra que la de un rústico pueblerino, con ínfulas de ilustrado.  El día de la presentación intenté transmitir al autor y  a la concurrencia mi percepción de la novela, leída con avidez en dos días, pero ya  digo, desde una visión disminuida y como atisbando desde la gatera la trascendencia de la misma.
No soy nada original al notar que la de Epigmenio me ha recordado otras novelas de ambiente rural: Las Ratas, La familia de Pascual Duarte, Furtivos, ésta última llevada magistralmente al Cine por Borau. En todas ellas lo rural, el campo, la caza, la depresión económica, la incultura, el tremendismo español desatado en violencia incontenible, el sometimiento a los que señorean las tierras, se erigen como protagonistas. De todo ello hay en “El color de las hayas” aunque con matices.
Depresión económica: la pobreza no caracteriza la novela,  los rebaños de Braulio se multiplican por el aumento de los pastos y la tierra disponible, el trato del ganado en las ferias alimenta y viste a la familia; violencia: existe, pero dosificada magistralmente durante  muchas páginas, las menciones escatólógicas se describen de una forma que mueven a la hilaridad. El sometimiento: no es a un señor feudal, lo es a la figura del padre, violenta y autoritaria, eso si, mientras puede y tiene fuerza para gobernar sus rebaños e hijos. Los personajes de la saga familiar están descritos de una pieza, no les falta detalle, uno se los imagina en movimiento les escucha hablar, les ve actuar y penetra en los rincones y esquinas más oscuros de sus vidas. El protagonismo absoluto lo tiene una familia patriarcal, la de Braulio. Su autoridad por ley de vida será discutida cuando alguno de los hijos varones se siente capaz de hacerlo.  En una especie de teofania pasional, se manifesta el sexo a lo natural, otras se intuye contra natura, entre tanto ganado ya se sabe…, egoismo, celos, divisiones fraticidas que conducen a la muerte de varios protagonistas.
La novela está muy bien estructurada, con una trama policíaca que parte de la infancia de los hijos de Braulio y va transitando por la juventud de los mismos hasta el desenlace personal y humano de los mismos, ya en la edad adulta. Una auténtica tragedia, con matices de epopeya griega, cuando Fini, la matriarca, como loba herida gime por la muerte de sus hijos. A veces la narración se convierte en tragicomedia de tintes negros, pero  permitiendo siempre una mirada piadosa que humaniza a los personajes, náufragos en una aldea abandonada.  
En esta novela asistimos a la agonía de una familia, agonía en el sentido etimológico que tiene esa palabra: lucha contra la naturaleza, contra ellos mismos y sus demonios personales; guerra contra todos. Hay que reconocer a Epigmenio el gran conocimiento que posee sobre los entresijos sociales y económicos de las gentes que aún resisten en la Cordillera Cantábrica. Describe magistralmente la desestructuración de una familia patriarcal que puede habitar o habitó  cualquiera de los pueblos de la montaña leonesa. Me atrevo a intuir que esa desestructuración, puede venir de la desaparición a causa de muerte súbita de la institución que gobernó hasta tiempos recientes la vida de nuestros pueblos: el concejo leonés; gentes apartadas de la tradición religiosa, gentes sin Dios. Me imagino que algunos lectores de este Blog, ellos mismos hijos del concejo leonés, saben a que me refiero. Muchos de los abusos de Braulio, de tantos Braulios, en tantos pueblos en el ámbito del Reino de León, se han producido porque el Concejo con su política pacificadora y ordenamiento de la vida vecinal está en vías de extinción, sin fuerza alguna para detener el expolio al que algunos particulares someten no solo a las tierras comunales también las privativas de aquellos que abandonaron los pueblos en las grandes migraciones del siglo XX.
La novela describe un mundo que se desvanece delante de nosotros, durante la generación actual.
Casi al final del libro, aparece la figura de Justo, el nombre es un hallazgo, un hombre justo que llena de esperanza la aldea, a pesar de final tan brutal. La novela nos hace caer de bruces en el suelo del hayedo, para sentir los aromas de la tierra húmeda y la hojarasca en descomposición. Se huele la vida que a pesar de tanta muerte  nace de la podredumbre y de la descomposición de lo viejo.
Escribió Dante que el tiempo de Adan y Eva en el paraíso solo fue de 6 horas, el tiempo que dura el amor. ¿Cuánto tiempo han podido gozar en el paraíso los hijos de Braulio?
Le deseamos a Epigmenio, lo que James Joyce vaticino para su novela Ulises: “aquí dejo material de crítica para 100 años”. Material para los críticos y sobre todo un guión de cine espectacular; que falta hace, debido a los  impuestos que ese Atila que tenemos por ministro del ramo ha cargado sobre las actividades culturales.
Portada de la novela: EL COLOR DE LAS HAYAS, de Epigmenio Rodríguez

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