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lunes, 1 de abril de 2013


 SAN GUILLERMO DE PEÑACORADA . APUNTES HISTÓRICOS SOBRE LA GRUTA
(Artículo publicado en el Revista Comarcal de Riaño)
Siro Sanz García 
La utilización de las cuevas como espacio mágico de culto y contacto con las fuerzas telúricas de la naturaleza, ha sido una constante en la historia de la humanidad. El arte parietal paleolítico, nació en su interior y era una forma de adueñarse anímicamente de la caza, su ubicación en lo más recóndito de las grutas naturales no es casual. En estos apartados lugares los Chamanes contactaban y hacían propicios a los espíritus de los animales, antes de comenzar las batidas que alimentarían al clan.
La cercanía al agua, necesaria para los ritos de purificación, tampoco parece casual en estos ámbitos, sobre todo en lo que atañe al mundo Grecolatino, que consideraba a las cuevas como morada de las divinidades subterráneas y aun de las infernales.
Famoso por sus oráculos durante la antigüedad fue el santuario de Apolo en Delfos, allí, como no, la cueva y el agua, eran elementos indispensables. Las visiones venían a la Pitia, adivina y sacerdotisa de Apolo en el interior de una gruta recreada, por donde corrían las aguas de la Fuente Castalia. Entre otras grutas sagradas del mundo clásico cabe mencionar la del monte Dicteo, donde se creía haber nacido Zeus, y las dos de la falda septentrional de la Acrópolis de Atenas consagrada una a Pan y otra a Febo.
Para los íberos el escoger cuevas como espacios de culto era algo habitual, ejemplos de ello tenemos en la Cova de les Encantades en Mataró (Barcelona), y en la Cueva Negra de Murcia utilizada como lugar de culto incluso en época Romana.
En León no podemos dejar de mencionar las misteriosas grutas artificiales de Villa Moros de Mansilla, llamadas las dos gemelas debajo de Lancia "Los Ojos del Moro" y un poco más al norte otras tres de semejantes características, nombradas por los lugareños Cuevas del Castro de Villasabariego, todas ellas miran a la vega del Porma, margen izquierda, que aquí se dirige hacia la llanura.
En la vega del Esla, margen derecha, existen otras, las del Moro, cerca de Valle de Mansilla y las de la cuesta de Santa Marina en Villa Contilde. Algunos autores les adjudican a todas ellas la función de eremitorios desde el bajo imperio romano y durante las invasiones germanas, aunque la proximidad a la vía I del Itinerario de Antonino las hace poco apropiadas para estar habitadas en este último periodo y en los tiempos de la dominación árabe. Las calzadas romanas que en aquellos tiempos estarían como recién estrenadas fueron utilizadas como vía de penetración, por todos esos pueblos invasores. La tranquilidad y retiro buscado por los eremitas, a buen seguro durante siglos fue inexistente en estas grutas, por otra parte tan visibles desde las vegas del Esla y Porma. El apelativo de "Cuevas de los Moros" para muchas de ellas no es más que un trasunto de lo Romano, solapado en la memoria colectiva por el hecho más reciente de la invasión musulmana. Estas cuevas artificiales de los taludes del interfluvio Porma-Esla, apuntan a un origen neolítico. En ellas se han hallado utensilios de piedra pulimentada y restos cerámicos que se pueden relacionar con el periodo neolítico. Parecen haber sido ocupadas por gentes que practicaban un tipo de agricultura rudimentaria en las vegas cercanas y que tenían aquí un abrigo seguro durante la noche, cuando se retiraban las escalas. También les servirían como graneros para sus parvas cosechas, seguramente fueron utilizadas más tarde por los Astures y durante toda la romanidad. Si alguna vez fueron morada de eremitas pudo ser acaso en los siglos VI-VII cuando el reino de los Godos en Hispania se dirigía a su fin. Don Aurelio Calvo, maestro de historiadores, insigne estudioso de todo lo referente a la ribera del Esla a principios del siglo que paso, pudo observar en ellas grabados que representaban a seres humanos y animales, en un estilo esquemático y grácil, grabados que hoy por desgracia han desaparecido.
La utilización de cuevas como eremitorios en la España musulmana y en el Islam norteafricano fue bastante habitual. Los místicos musulmanes, los Sufies, imitaron las privaciones y ascetismo de los monjes cristianos que conocieron en el Egipto Copto, Siria y Líbano. Famoso en Andalucía fue el eremita Abd Allah Ibn Faris que vivía en una cueva de Málaga.
En Marrakech (Marruecos) dos de sus santos patronos habitaron las cuevas de Yibal Geliss, una pequeña mota rocosa en las proximidades de la medina.
En la primavera de 1999 visité la colina de Gelis, una roca pelada de unos 400 metros de altura que emerge del palmeral en el que se encuentra la populosa medina de Marrakech. El contraste entre la sequedad de la colina y el verdor del oasis impresiona al visitante y le hace pensar en los motivos de semejante elección, por Sidi Abd El Abbas y Sidi Abd El Assis, que buscaron en este lugar sólo apto para la cobra y el alacrán, la santificación y el sentido de la vida y muerte.
Cerca de la cima, en la ladera este de la colina de Gelis, se abren unas pequeñas cuevas que miran a la puerta de Bab Dukala, entrada a la gran medina de Marrakech por el suroeste. En estos abrigos rocosos, los dos ermitaños se santificaron y despreciaron la vida mundana de la ciudad que se extendía a sus pies. Los Marraqhsies aún guardan el recuerdo de estos dos santos y les celebran como santos patronos en el Musen (romería) de agosto. Importante y muy visitada es la tumba de Muley Ibrahim a unos 70 kilómetros de Marrakech, en el Gran Atlas. El lugar donde habitó el santo se alza sobre un río, y se asciende hasta allí por un tortuoso camino entre peñas. Arriba a unos 500 metros sobre el wadi, una blanca construcción abovedada destaca entre el ocre del paisaje y el verde oscuro de los cedros, junto a la Kubba (ermita) del santo se abre la cueva de Rahga, donde una fuente fluye con tal fuerza que la exurgencia ha sido cubierta en parte por una pesada piedra de molino, de ahí su nombre de Rahga. En esta cueva las mujeres se bañan y toman las aguas en una especie de rito de purificación para pedir la Baraca (bendición) y fecundidad, como exvoto dejan en la ermita sus cabelleras, telas de color verde y luminarias de cera.
En las dos religiones del libro la cueva, la gruta, constituye esa tumba previa, donde el hombre muere a los placeres del mundo y los trasciende para salir renovado, resucitado a una vida nueva y más espiritual. La gruta de Belén es el inicio de la salvación cristiana y la cueva artificial en el campo de José de Arimatea la conclusión victoriosa de la pasión salvadora de Jesús resucitado. La gruta de San Guillermo en Cistierna participa de este acerbo cultural y su prolongada historia la convierte en una importante seña de identidad para los cisterniegos. El eremitorio, consta de dos partes bien diferenciadas: un abrigo natural bajo un raigón de caliza que parece haber sido agrandado separando las diaclasas de la caliza por presión. Al fondo a una altura de más ó menos metro y medio, un vano en la pared rocosa da paso a una pequeña cámara en alto, esta cámara, del todo artificial y excavada en la pura roca. El techo busca o imita la forma abovedada y en las paredes este y norte se han practicado unas repisas que pudieron servir de tosco altar, sobre todo la que esta orientada al este.
Los orígenes seguramente son prehistóricos, algunos restos de industria lítica aparecen en el talud del arroyo de la Fuente de la Mata, por debajo de los muros de contención de la explanada frente a la ermita. El abrigo rocoso pudo servir de refugio a pequeños grupos familiares protohistóricos, que tenían aquí una atalaya extraordinaria sobre la vega del Esla para vigilar el paso de las migraciones estacionales en la cuenca del Esla. La ocupación de la misma en el periodo visigodo no nos consta, es solo a partir del 874 cuando la comarca entre Peñacorada y Riaño comienza a ser poblada por mandato de los reyes astures, éstos instan a la nobleza local para que tome posesión y refuerce los castillos de Aguilar, Fuentes, Santaolaja, los Torrejones de Valmartino y el Murrial de Cistierna. La cerámica incisa a peine, de color grisáceo, que aparece en superficie en estos venerables castillos nos remite al siglo IX, X y XI. En el siglo X florecen alrededor de Peñacorada algunos monasterios como el de Santa Juliana, San Vicente, San Andrés, San Facundo, San Martín de Tuejar, Santo Tomé de Peñacorada y Santos Facundo Primitivo y Cipriano en Cistierna, que aparece documentado en el siglo siguiente pero de fundación más antigua, como muchos otros, aguas arriba del Esla, de origen Visigótico. Los abades de estos monasterios proceden a escaliar los bosques, captan fuentes y represan arroyos. La mención de molinos en el Esla y Tuejar a partir del siglo X es constante. En 996 un abad por nombre Juliano dona el pequeño monasterio de Santa Juliana (iuxta Penna Corabita) a Sahagún. En 1042 el presbítero Fruela, al parecer sobrino del abad Juliano, dona a Sahagún el monasterio de San Vicente (iuxta Penna Corabita), quedando así establecida la relación de Sahagún con Peñacorada. Los monjes en Peñacorada además de orar tuvieron que luchar a brazo partido con una naturaleza pujante, que en siglos anteriores de menor presión humana por la relativa despoblación se recuperaría formando bosques cerrados de robles, encina y hayedo. Sus ganados serían puestos a menudo en peligro por el ataque de lobos y osos. La presencia del plantigrado en los aledaños del monasterio está atestiguada en el Libro de la Montería de Alfonso XI, siglo XIV, cuando comenta: "Vega de Frades es buen monte de oso et de puerco en invierno e aun en verano, et es la vocería por el camino que va desde Sanct Guiyelmo fasta la peña, et es la armada a la collada." Desde los alcores de Sahagún en días claros se divisa perfectamente la silueta de Peñacorada, esta relativa cercanía otorgaba a estas montañas que fueran el destino de un seguro refugio para los monjes de Sahagún en los duros tiempos de las campañas musulmanas durante los siglos IX y X. La tradición en los pueblos que rodean Peñacorada, afirma de forma insistente que un monje huido de Sahagún hizo vida de eremita en la cueva de Cistierna. Este hombre santo de finales del siglo X, quedó relegado por el San Guillermo histórico del siglo XII eremita también y, abad del monasterio de Santa María de los Valles conocido después de su muerte como monasterio de San Guillermo. En 1171 en una donación a Santa María de los Valles, al monje Guillermo y a los que allí habitan se cita a Guillermo como: monacus de Sacramenna -(Sacramenia: murallas sagradas). Este Sacramenia, aparece sesenta años antes en documento de donación del la reina Urraca al obispo Pedro, año 1111, y se ubicaba entre Remolina, Argovejo y las colladas de La Trapa, Mental, Tejerina. Por lo tanto Guillermo, antes de venir a Peñacorada fue monje en Sacramenia, en el corazón de la Montaña Oriental Leonesa.  Algunos autores afirman que Santa María de los Valles se ubicaba donde ahora se levanta el santuario de la Virgen de la Velilla, sin embargo, a finales del XV y principios del XVI, la tradición, la documentación y los lugareños llamaban monasterio de San Guillermo al que aun entonces permanecía a unos tres kilómetros del pueblo, ya sin monjes, bajo el gran pico de Peñacorada y no muy lejos de la collada de Ajo. En este lugar se observa la captación de agua en el arroyo que desciende de la collada de Ajo y restos de hasta dos molinos, aguas abajo del monasterio, pero muy cercanos. Este Guillermo, nombrado en algunas donaciones de los reyes de León es nuestro San Guillermo, pero sin olvidar la tradición que nos llega de Sahagún, que supone aquí otro santo eremita durante el siglo X. La ubicación del monasterio sobre un detritus piramidal de restos de construcción, nos confirma en la idea de la reutilización de estructuras habitables más antiguas. En 1520 cuando la primitiva ermita de la Virgen de la Velilla ya existía en el lugar actual, se dice que el señor de Valdetuejar, don Fernando de Prado, mantenía su casero en San Guillermo , y lo diferencia claramente del Santuario de la Velilla. El historiador de la orden Benedictina Prudencio de Sandoval, visitó la gruta de San Guillermo a finales del siglo XVI, la describe como a una legua larga del monasterio, distancia casi exacta, y era una cueva con su altar sobre el lugar de Cistierna y allí vio monedas y unas cajitas de madera, que debían ser de reliquias con unos pergaminos que no pudo leer y que se hallaron en esta cueva en el año de 1589. La imagen la describe diciendo que tiene hábito de monje y contaban de él los montañeses muchos milagros. Sandoval recoge también la tradición de un monje huido de Sahagún. Son pues 500 años de tradición documentada y que el pueblo de Cistierna conserva hasta hoy como una de sus principales señas de identidad, aunque suponemos por otros datos que a finales del siglo XVI los Cisterniegos ya hacía 300 años que subían a la ermita el 28 de Mayo. Después de casi 800 años de tradición mantenida por la villa montañesa, en estos albores del siglo XXI, la parroquia de Cristo Rey heredera de la antigua de Santa María, con su párroco Don Avelino Gutierrez, el Mayordomo de San Guillermo Don Juan García, y todos sus colaboradores, dispuestos y afanosos en todo lo relacionado a la ermita del Santo Patrón, entregaron unas obras en mayo de 2008 que dignifican aún más la gruta y su entorno. Las obras de remodelación en el interior de la gruta tenían como objeto la colocación de un hermoso retablo hornacina, donado por la Compañía de Jesús con la intermediación del Padre Martino, paisano nuestro de Vierdes en Sajambre, incansable trabajador en la investigación del pasado romano de la Montaña Oriental. Al agrandar la oquedad que comunica con la cavidad interior, embutido en los muros de piedra, apareció un arco de ladrillo y antigüedad indeterminada, el mayordomo y sus colaboradores con buen criterio decidieron conservarlo previa restauración y limpieza. La reja antigua que separaba a los devotos del santo, debió ir en este arco de ladrillo pues los orificios en las jambas laterales así lo demuestran. Debajo de este arco y dejando visibilidad hacia la cámara interior de la gruta, se ubico el retablito.
 En la ladera Oeste de Peñacorada, a unos 500m sobre el pueblo en el Valle de la Mata se ubica la Gruta de S. Guillermo (Foto Siro Sanz)

 Ruinas de la iglesia en la abadía de S. Guillermo en el extremo Este de Peñacorada. (Foto Siro Sanz)

 Tras el retablo bajo el arco de ladrillo, se encuentra la cámara alta donde según la tradición hizo vida de ermitaño Guillermo. (Foto Siro Sanz)

 Autoridadad religiosa (Obispo de León) y civil (Alcaldes del Concejo y Ayuntamiento de Cistierna) presiden el día 28 de mayo la celebración en la ermita. (Foto Siro Sanz)

 Año tras año, siguiendo una tradición que dura más de 7 siglos, los cisterniegos trasladan la imagen del santo desde la parroquia (donde 9 días antes había sido depositada) hasta  la gruta que preside la villa de Cistierna. (Foto Siro Sanz)


La romería a punto de culminar el camino y entrar en la explanada de la ermita. (Foto Siro Sanz)

Los cisterniegos rinden homenaje al patrón de la villa, bailando ancestrales danzas frente a la imagen y la gruta, preside el acto el pendón del venerable concejo. (Foto Siro Sanz)


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